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25 de Setembre de 2012

Mas, desbordado por los hechos y por si mismo




  Mas, desbordado por los hechos y por si mismo

                                                                    Wifredo Espina

El presidente Artur Mas se ha visto desbordado. Desbordado por los hechos, y desbordado por sí mismo. Y como salida emprende una huida hacia adelante. Esto es, en el fondo, su convocatoria de elecciones a media legislatura. Su "gobierno de los mejores" habrá sido el más corto de la historia catalana.

Sí, desbordado por los hechos. Cuando se presentó para la presidencia de la Generalitat ya sabía el terreno que pisaba y los problemas con que podía enfrentarse. Llevaba muchos años en la política, en el gobierno y en la oposición.

La crisis económica general y, por tanto, catalana, estaba en pleno auge. El déficit con que se encontró del gobierno anterior no pudo sorprenderle demasiado. Aceptó el reto y para ganarlo nombró lo que calificó como el "gobierno de los mejores".

Ya era un experimentado en los problemas tradicionales con el gobierno central, o "de Madrid". El mismo negoció, a espaldas del parlamento catalán y con nocturnidad, parte sustancial  del Estatut con el presidente Zapatero.

Justo llegar a la presidencia se adelantó en una política de recortes que sorprendió a propios y extraños.  La crisis económica general y, por tanto, catalana, estaba en pleno auge. El déficit con que se encontró del gobierno anterior no pudo sorprenderle demasiado. No siempre recortó donde más falta hacia, donde la inversión o las subvenciones eran menos productivas, aunque posiblemente más rentables políticamente. Esto le ha acarreado muchas protestas en todos los sectores.

¿Cómo salir de esta situación que ha ido empeorando y también comprometiendo su acción de gobierno? ¿Cómo salvarse de este desbordamiento por los hechos? Pues buscando chivos expiatorios y agitando el panorama político.

También se ha visto desbordado por sí mismo. Se planteó objetivos políticos ideales, pero a corto plazo inalcanzables, y sin prever bien sus consecuencias en tiempo de muy grave crisis generalizada. Añadiendo así más problemas al gran problema.

Su sueño de "pacto fiscal" tipo concierto vasco, muy legítimo, no podía prosperar en estas circunstancias. Era, en cierto modo, el principal objetivo político de su mandato. No podía, por tanto, resignarse a un fracaso que era previsible. ¿Cómo salvar la dignidad ante el estrepitoso fallo del gran reto de gobierno que se había impuesto a si mismo? Pues con la movilización política.

El campo estaba abonado sobradamente por el recorte del Estatut a manos  del Constitucional, que provocó una gran manifestación hace un par de años. Por incomprensiones de los gobiernos centrales ante muchas necesidades y reivindicaciones catalanas. Por el gravoso sistema del reparto de los ingresos fiscales del Estado, que llevan al empobrecimiento de Catalunya, tradicionalmente  motor económico de España. Por tratamiento con desdén de la realidad catalana en muchos aspectos sensibles. Etcétera.

Una gran manifestación en Barcelona –alentada y apoyada por las propias instancias gubernamentales-, con el objetivo oficial de apoyar la demanda del "pacto fiscal" de Artur Mas, pero que en realidad congregó varias motivaciones de descontento y reivindicación, y fue derivada hacia un clamor separatista, era una oportunidad que había que capitalizar. Y así fue.

El grito de "independencia" se impuso al de "pacto fiscal". Movilización histórica perfecta para plantear un desafío "a Madrid". Hábilmente, Artur Mas fue a buscar el "no" al "pacto fiscal" de un Rajoy poco astuto. Y este "no" le convertía en héroe ante la opinión catalanista. Era el momento ya de capitalizar abiertamente y de ponerse a la cabeza del masivo clamor de "independencia". Pero, consecuentemente, había que hacer algo más.

Como jurídica y políticamente este "algo más" no podía ser asomarse al balcón de la Generalitat, como en otras veces de la historia, para proclamar la independencia de Catalunya, la solución era disolver el Parlament y convocar elecciones precipitadas. Con lo cual, al mismo tiempo, las cosas se clarifican y se complican.

La esperanza de Artur Mas es, naturalmente, que las urnas le consagren como ganador y "héroe nacional". Pero la misión de un gobierno, sobretodo si es "el de los mejores" no es fabricar héroes, sino gobernar, y hacerlo en las circunstancias que tocan y con los instrumentos que se disponen. Es lo que, muy meritoriamente hizo, en tiempos no menos duros, el presidente Jordi Pujol. Pero la historia sigue y los ideales de los pueblos no mueren...



 

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