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21 de Maig de 2016

 VISTOOLEIDO//.- El diario New York Times ha publicado un reportaje titulado 'Hambre y austeridad en España' con fotos de fábricas abandonadas, comedores sociales, hileras de parados, protestas en las calles y viviendas a punto de ser arrebatadas a sus dueños. ¿Está España tan mal como lo cuenta el New York Times? Sí. La crisis y los recortes aumentan cada día más la pobreza y hay que denunciarlo. 66% 3520 votos No. Es exagerado, sesgado y sensacionalista. 16% 848 votos El diario pone el foco en los más afectados por la crisis, pero todavía no es la realidad de la mayoría.

La llamada depresión económica española, se refiere a la crisis económica que se inició en 2008 y, según la contabilidad nacional, concluyó en 2014. Sin embargo, hasta la actualidad (2016) la economía española no ha recuperado los valores previos a la crisis, en particular en cuanto a desempleo, por lo que existe división de opiniones sobre en qué fecha situar el final de la crisis o incluso si esta continúa aún. En 2008 los principales indicadores macroeconómicos tuvieron una evolución adversa. Los efectos se han prolongado durante más de seis años hasta la actualidad, no sólo en el plano económico sino también en el político y el social. Esta crisis se enmarca dentro de la crisis económica mundial de 2008 que afectó a la mayor parte de países del mundo, en especial a los países desarrollados.

El comienzo de la crisis mundial supuso para España la explosión de otros problemas: el final de la burbuja inmobiliaria, la crisis bancaria  y finalmente el aumento del desempleo en España, lo que se tradujo en el surgimiento de movimientos sociales encaminados a cambiar el modelo económico y productivo así como cuestionar el sistema político exigiendo una renovación democrática. El movimiento social más importante es el denominado Movimiento 15-M, surgido en mayor medida por la precariedad y las condiciones económicas de la clase media y baja; dos consecuencias de la crisis financiera. La drástica disminución del crédito a familias y pequeños empresarios por parte de los bancos y las cajas de ahorros, algunas políticas de gasto llevadas a cabo por el gobierno central, el elevado déficit público de las administraciones autonómicas y municipales, la corrupción política, el deterioro de la productividad y la competitividad y la alta dependencia del petróleo son otros de los problemas que también han contribuido al agravamiento de la crisis. La crisis se ha extendido más allá de la economía para afectar a los ámbitos institucionales, políticos y sociales, dando lugar a la denominada crisis española de 2008-2016, que continúa en la actualidad.

El diario El País publicaba unas declaraciones del presidente Mariano Rajoy en las que advertía a los españoles del ascenso de los nuevos partidos con el admonitorio aviso de “Nosotros o el caos”. El mismo titular que empleó, salvando todas las distancias, el semanario de humor gráfico Hermano Lobo hace 40 años -agosto de 1975- para denunciar el miedo a un cambio político que, poco después, supondría la llegada de la democracia a nuestro país.

¿Tan poco ha  variado el discurso de la clase dirigente en todo este tiempo? Ésta sería una primera reflexión necesaria para avanzar en las causas de fractura de nuestro escenario político actual. El convencional eje ideológico “izquierda-derecha” es ya insuficiente para explicar las pulsiones sociales que sacuden el mercado electoral español, a favor de la ecuación transversal “nuevo-viejo” que amenaza con llevarse por delante a los partidos tradicionales (PP y PSOE). Un factor de cambio perfectamente entendido, y muy bien manejado en términos estratégicos, por dos fuerzas políticas emergentes, claramente al alza en sus expectativas electorales, Podemos y Ciudadanos, cada una desde una óptica distinta, pero con un denominador común: “ni rojos ni azules; la casta frente a lo nuevo”. 

Estamos viviendo en España una crisis económica y moral ¿Está España condenada? En España llevamos años asistiendo a diferentes situaciones que muestran el deterioro político, económico y moral que está sufriendo este país, y ya no sólo estamos hablando de una crisis económica en España sino de una crisis de valores generalizada …a la que todos nos hemos acostumbrado, viviéndola con “normalidad” y casi como si fuera un espectáculo televisivo con máxima expectación y que sirve para llenar horas de tertulias, periódicos y contenidos televisivos.

La Constitución vigente de 1978, instituyó un régimen político en el que algunos vemos determinados síntomas de crisis, poniendo de relieve la confusión originaria entre el contenido esencial que se reclamaba, la soberanía popular como núcleo esencial de legitimidad del Estado democrático y la forma de institución y organización de las instituciones de ese Estado, con la obediencia a la Constitución y a las leyes como prueba suprema de la existencia misma de la democracia.

Los elementos pilares sobre los que se construye el régimen se corresponden con los conflictos que históricamente habían conducido a la irreversible crisis del régimen franquista; a saber, el conflicto con el mundo del trabajo y el conflicto territorial. 

La articulación territorial del Estado establecida en el Título VIII de la Constitución pretendió solucionar la “inorganicidad” del Estado moderno desde su instauración tras la guerra de Sucesión que encumbró a la dinastía borbónica. Dos siglos y medio en los que para muchos pueblos y naciones de la Península ibérica, el Estado ha sido antes que nada, un ejército de ocupación y un aparato de exacción de tributos y, de forma especial en Catalunya y Euskal Herría, un poder opresivo de sentimientos, lengua y cultura.

Ha habido factores más inmediatos de crisis de régimen. Entre ellos es obligado citar la aceleración de la desafección social en Catalunya, precipitada por el desprecio al proyecto de Estatuto aprobado por el parlamento catalán que culminó en la sentencia del Tribunal Constitucional que declaró inconstitucionales 14 de sus artículos. Todos los observadores la vieron como el fin de las esperanzas que la sociedad catalana o, al menos, sus sectores más claramente soberanistas, habían puesto en el régimen del 78 para encontrar satisfacción a sus aspiraciones nacionales.

La influencia que el fracaso del proyecto de la España plural urdido por Zapatero y Maragall ha tenido en esa pérdida de confianza, de la misma manera que la misma ha sido uno de los factores más importantes en la aceleración de la crisis del régimen del 78. Generaciones nacidas libres de la influencia del terror de la represión franquista han hecho suya de forma creciente la aspiración por la autodeterminación nacional como un corolario lógico del hecho mismo de vivir en democracia; y no parecen dispuestas a seguir soportando el peso asfixiante de un Estado en quiebra y enfeudado a los banqueros y a las grandes compañías trasnacionales.

Yo diría que España está peor de cómo lo cuenta el NEW YORK TIMES.

 

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