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23 de Setembre de 2009

Estas personas y los que fueron a escucharles espontáneamente en plena calle son una representación ejemplar de la buena gente de este país

Francesc-Marc Álvaro
Hasta el momento, la imagen que más me ha impactado del caso Millet ha sido la de los miembros de los coros del Orfeó Català, la Escola Coral y el Cor de Cambra del Palau de la Música interpretando El cant de la senyera frente al emblemático edificio, el pasado viernes, en señal de repulsa contra lo sucedido y en defensa de su buen nombre ante las acusaciones vertidas por el ex presidente de la entidad en su confesión pública.
Estas personas y los que fueron a escucharles espontáneamente en plena calle son una representación ejemplar de la buena gente de este país, lo que se ha venido en llamar la bona gent de Catalunya. Los rostros de los congregados lo decían todo: estupor, rabia, indignación... Y necesidad de seguir adelante con dignidad, a pesar de todo. Se habla mucho estos días del daño que puede causar a la sociedad civil catalana y a la burguesía local lo que durante años ha perpetrado Fèlix Millet al frente de la Fundació Orfeó-Palau de la Música Catalana. Hay preocupación e inquietud en los despachos más altos y en las casas más exquisitas de la ciudad por el impacto que pueda tener el escándalo. La manzana podrida molesta más cuando los focos la iluminan.

También la clase política anda perpleja y descolocada con todo lo que se va sabiendo, lo cual es previsible teniendo en cuenta que todas las administraciones y los principales partidos no estuvieron muy finos cuando correspondía. Además, ya han empezado a circular los primeros chistes sobre el ilustre ladrón de cuello blanco - no escribo presunto dado que el interesado ha explicado sus actividades delincuenciales-y esto quiere decir que los que integran la pomada tienen una cierta prisa por hacer la catarsis purificadora y por pasar página.

Pero no vayamos tan rápido. ¿Qué pasa con la bona gent de este país que siempre ha otorgado y otorga confianza a los Millet de turno? La sociedad civil son varias cosas. Por un lado, son próceres, patricios y distinguidas figuras que patronean grandes empresas, bancos, cajas, corporaciones profesionales influyentes, entidades centenarias y con mucho patrimonio, colectivos ciudadanos de peso y sectores que se mueven por los circuitos más exclusivos, allí donde hay acceso a las palancas del poder.

Pero la sociedad civil también es, por otro lado, cantidad de gente anónima que, en Barcelona y en muchísimas poblaciones catalanas, dedica una parte importante de su tiempo libre y de sus recursos a hacer cosas para los demás, para el conjunto de la sociedad, en campos tan variados como la cultura, el deporte, los servicios sociales, el medio ambiente, el ocio juvenil y un largo etcétera. Estas personas no tienen ni apellidos de gran relumbrón ni fortunas espectaculares, ni gozan de contactos privilegiados ni entran en el reparto endogámico de premios, honores y favores que singularizan a los que constituyen eso que llamamos la élite.

Sin esta bona gent,surgida de las amplias y dinámicas clases medias que ha producido nuestra densa y agitada historia, no seríamos Catalunya. Seríamos otra cosa. La catalanidad cívica transversal y el catalanismo cultural prepolítico articulan los valores de esta parte de la sociedad, que acostumbra a asumir más responsabilidades de las que le tocaría sobre el papel.

Hablo de los que viven de un salario ganado con esfuerzo, de los que defienden un pequeño negocio que debe capear la crisis, de los que desarrollan una actividad profesional sin más ayuda que su buen hacer, de los que pagan más impuestos que nadie porque no son lo bastante pobres ni lo bastante ricos. Hablo de los que absorben con sentido común y realismo todos los cambios sociales, sin participar de subsidios públicos y sin tener tampoco recursos para vivir en un paraíso al cuidado de vigilantes privados. La bona gent, por si fuera poco, está en primera línea cuando se trata de asegurar la cohesión social: pregunten qué hacen y quiénes son los voluntarios en muchos barrios y pueblos. No sé si la burguesía barcelonesa (la de linaje y la de cuenta corriente, la vieja y la nueva) sabrá aprovechar la colosal fechoría de Millet para mirarse al espejo y sacar conclusiones.

Tampoco sé hasta qué punto influirá este caso en esa enquistada patología civil que mi buen amigo Antoni Puigverd califica acertadamente de "feudalización". Lo que sí sé es que la bona gent de Catalunya (que es la misma que está cansada de los aparatos partidistas, de la demagogia oportunista y de los que viven del enchufe) no debe ni puede pagar los platos rotos del terremoto Millet. No nos podemos permitir que la porquería en los pisos altos acabe intoxicando los pisos medios y bajos. Si queda coraje, inteligencia y sentido de país entre los que rodeaban al patricio fraudulento y sus cómplices, debe evitarse el desastre. Que sean los que se pasan el porrón, y no otros, los que asuman los daños colaterales.

Llevamos años hablando a todas horas de liderazgo social y no habíamos caído en que hay algo mucho más fuerte que toda esta fraseología: la ancestral ley de la rapiña. Un prestigioso líder social que fue adulado hasta el ridículo deviene ahora el protagonista de una fábula que debería hacernos más sabios y más justos. La evidencia es tan dura como repleta de posibilidades: este cortocircuito en el establishment catalán llega en la hora perfecta para pegar fuego a muchos trastos. La bona gent -que es buena pero no tonta- está ya bastante harta.

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