17 de Desembre de 2009
Me gustan las corridas. Las corridas de toros forman parte de la tradición más catalana de Cataluña. Ahora, algunos nacionalistas catalanes, incluyendo algunos socialistas nacionalistas de Cataluña, que haberlos, hailos, quieren prohibirlas. Algunos nacionalistas, en cambio, van a votar en contra de la prohibición. No les gusta prohibir. Yo les aplaudo. A algunos de ellos no les gustan los toros, ni las corridas pero por encima de su entrega a la causa, son unos auténticos liberales.
Muchos de los que apoyan la ley del aborto y están a favor de la eutanasia dicen que no pueden ver sufrir a un animal y por eso votarán a favor de la prohibición. No pueden ver sufrir al animal cuando, en realidad, de lo que se trata es de prohibir la denominada fiesta nacional, con sus pasodobles, sus olés y sus banderas españolas. Les da igual si el animal sufre en el toro embolado o en el correbou de las tierras del Ebro. Eso no quieren prohibirlo, no les parece un patrimonio cultural de España. Lo asumen porqué en los pueblos en los que se mantienen esas tradiciones, los ciudadanos les votan y quieren seguir disfrutando de esa fiesta. La pela es la pela, el voto es el voto.
Me parece una autentica barbaridad convertir a Cataluña en una comunidad extraña, ajena a su tradición, a su cultura. En Francia nos miran raro y en el resto de España ni te cuento. Nuestros padres, durante la dictadura de Franco, debían cruzar la frontera para ver alguna película que aquí estaba prohibida. Ahora deberemos hacer lo propio con los toros. Y todo porqué unos cuantos quieren prohibir una cosa que no les gusta. ¿Se imaginan que de aquí a unos años, una nueva mayoría parlamentaria decidiera que no le gustan los castillos humanos y que hay que evitar el sufrimiento de l’anxeneta cuando cae desde lo alto de la torre? ¿Se imaginan que para evitar el sufrimiento de ese menor, aprobasen una ley prohibiendo los castillos humanos?