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24 de Març de 2014

La muerte de Adolfo Suárez o más bien el anuncio por parte de su hijo de que le restaban 48 horas de vida nos ha cogido por sorpresa a la inmensa mayoría de la población. En efecto, el Alzheimer le "mató" de la vida pública al primer Presidente del Gobierno de nuestra democracia y la falta de noticias e imágenes sobre él nos trasladó hace tiempo a un estadio de casi olvido de su figura. Este fin de semana de repente nos hemos percatado que Adolfo Suárez existía y de manera poco más o menos unánime hemos vivido sus últimos dos días de vida con recordatorios intensos y hagiografías varias sobre su persona en la gran mayoría de medios de comunicación. Ha sido una suerte de resurreción mediática.

Para los que como yo, nacimos en las postrimerías del Franquismo, Suárez fue nuestro primer presidente del Gobierno, como Juan Pablo II nuestro primer Papa o Núñez el primer presidente del Barça que conocimos con un mínimo uso de razón. Nos vienen a la mente aquellas imágenes en blanco y negro que veíamos en aquellos televisores que tardaban minuto y pico en encenderse. Mi primer recuerdo claro de Suárez fue la tarde del 23 de febrero de 1981. Tenía yo casi 6 años pero me acuerdo bien donde estaba y con quien. Son esos tipos de momentos que sabes que los tienes grabados de por vida. Solo guardo en mi mente el girarme y decirle a mi bisabuela que estaban disparando ante la cara de horror de una persona que había vivido la Guerra Civil y sus miserias posteriores como tantos otros españoles en primera persona. Ese recuerdo y ver a mi abuelo materno en una mesa electoral son mis primeras "fotos" que guardo en mi mente de la por entonces recién nacida democracia española de la cual obviamente Suárez considero que es uno de sus principales actores.

Me interesó de niño la figura de este abulense y me costó hasta que entré en la adolescencia saber el porqué alguien que parecía haber tenido el favor de tantos españoles se iba apagando con el CDS. Pasada la adolescencia y como universitario, con la pequeña perspectiva todavía inmadura que te dan los 20 años me dije -como tantos otros- que en este país se te eleva a los altares a la misma velocidad que te bajan a gorrazos del mismo y solo con el reposo del paso del tiempo se juzga correctamente a las personas. Adolfo Suárez es un ejemplo de ello. La sensación me la dio cuando vi un reportaje dedicado a él en TVE en el año 1995. No lo había vuelto a ver hasta el martes pasado y como entonces, me pareció y me parece de una claridad sublime y que guarda multitud de ejemplos que hoy en día se echan en falta en nuestra clase política.

Suárez se ha ido sin hacer ruido igual que no lo hizo tras abandonar la política siendo según mi opinión un ex-presidente modélico cosa que no lo han sido ni González ni Aznar (Zapatero no tengo perspectiva suficiente como para valorarle todavía). Ahora los que fueron sus feroces adversarios solo tienen buenas palabras; los que le dejaron vulgarmente tirado reconocen la altura del personaje clave en la historia de este país; a los que ayudó a que recuperaran su libertad en España les ha entrado una particular amnesia por el cual no recuerdan nada y prefieren volver a los tiempos de tirarse los trastos a la cabeza. De desagradecidos está lleno el mundo.

Lo cierto para el que les escribe, para el que fuera uno de los niños de la Transición, cada bandera republicana que se ve en una manifestación, cada estelada, cada bandera de la hoz y el martillo, cada bandera con el escudo pre-constitucional, cada diálogo de sordos que hay en todos los Parlamentos de este país, cada error del Jefe del Estado en su imagen pública...son un paso atrás en todo ese entramado de consenso, unión y diálogo, el de darse la mano como buenos compatriotas y adversarios a la vez, que Adolfo Suárez -con sus luces y sus sombras- lideró y, en consecuencia, son pasos adelante hacia volver a recuperar la España cainita, la de los rojos contra los azules, la de los separatismos periféricos contra los recentralizadores recalcitrantes. Lo decía Adolfo Suárez en la entrevista que cito en este artículo: "si en la Transición no hubiéramos dialogado difícilmente hubiéramos llegado hasta aquí". Pues hoy más que nunca hace falta una Segunda Transición que nos devuelva otra vez la ilusión por un proyecto estimulante de mayor democracia que corrija los rasgos obsoletos emanados de aquella Primera Transición. Muchos de los mensajes que lanza Suárez en esa entrevista son hoy en día de tanta actualidad y tal necesidad como lo fueron hace 30 años, pues el sentido común y la concordia son valores intemporales que siempre son útiles.

Adolfo Suárez murió ayer y vuelve a ser noticia. Nos ha despertado la nostalgia a los que fuimos niños o muy jóvenes cuando gobernó y a los que vivieron aquellos años claves para nuestro país quizás porque echamos en falta personas, referentes como él y muchos políticos de aquella época. Flaco favor le haríamos a su memoria cayendo en esa nostalgia cuando él rompió con el pasado en aras de trabajar por lo que finalmente ha sido y es el periodo de libertad y prosperidad - con sus altibajos también como el que vivimos en la actualidad- más largo del cual ha gozado España por más que algunos intenten ensuciar ese periodo hablando del condicionamiento del ruido de sables que precisamente nuestra Constitución dinamitó. Nada es tan antagónico al Franquismo como lo es nuestra Carta Magna y pocos se enfrentaron al ruido de sables al terrorismo de ultra izquierda y ultra derecha como Súarez. Sirva como aval de lo que escribo su imagen de firmeza el día del golpe de Estado, otro gran momento que guardo en mi mente de cuando era niño.

Suárez se ha ido de este mundo con más paz de la que tuvo en sus años de gobierno, en especial aquel fatídico 1980. Dijo Fidel Castro en su alegato de autodefensa de 1953 que la historia le absolvería. No creo que lo haga con él pero sí creo que lo ha hecho con gran justicia con Adolfo Suárez González.

Descanse en paz.

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