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03 de Setembre de 2015

 

No pude evitarlo y como muchos seres humanos me emocioné y mis ojos empezaron a humedecerse al encontrarme de sopetón con esa foto que difundía la Agencia Reuters. El día de ayer para los que somos activos en redes sociales era una tortura para nuestros ojos y consciencias. La foto se repetía una y otra vez y casi todos los comentarios presentaban un denominador común: ¿cómo el ser humano es capaz de dejar que eso pase?

Vemos casi a diario dramas por televisión relacionados con las guerras y quienes las pagan, la hambruna, la pobreza. Pienso que la sociedad occidental acaba al final por acostumbrarse a verlas y se vuelve insensible, como si generara unos anticuerpos a tanto goteo de miseria humana dándole un visado de normalidad a lo que es una anormalidad flagrante. Pero la foto de ayer rompió esa coraza y nos dio un sonoro bofetón sobre nuestras consciencias: un niño de unos 3 años boca abajo en la orilla de una playa que no pudo escapar al infortunio y las falta de oportunidades que te da el hecho de nacer en un lugar o en otro de nuestro planeta. Esa criatura que nunca fue consciente de lo qué pasaba, que tenía un padre o una madre o quién sabe si en manos de algún otro familiar porque el drama de los refugiados sirios está lleno de desgarro familiar, no pudo llegar a la orilla de la esperanza. Ese guardacostas turco notario de la situación en cuya piel no nos quisiéramos ver le da aun mayor dramatismo si cabe.

Yo admito declararme incompetente para saber cuál es la solución pues se me ocurren muchas pero no puedo afirmar que fuera la correcta. Solo se me ocurre colaborar en la medida de poder evitar que se vuelva a repetir. Ayer otro niño sirio más mayor que el de la foto de las costas turcas con una mirada de ojos verdes entre atemorizada, cansada, indignada y profunda quizás apuntó la solución en Hungría: "paren la guerra, no queremos entrar en Europa". Pero en Siria dejamos que Bashar al-Asad siga gobernando por esos extraños equilibrios geopolíticos que aun hoy siguen dividiendo el mundo en dos bandos que son incapaces de ponerse de acuerdo en el Consejo de Seguridad de la ONU. Y como fuera que el caos llama al caos la entrada en escena del Estado Islámico en ese país acaba por convertir a uno de los lugares de mayor esplendor cultural en la Antigüedad y en la Edad Media en un verdadero infierno en pleno siglo XXI.

La foto, como aquella de Vietnam donde una niña desnuda corría quemada por el efecto del Napalm junto a otras personas, debería significar un golpe en la mesa de todas las potencias, es decir, de la UE, EEUU, Rusia y China para buscar la solución a esta sinrazón. No hay intereses económicos ni geoestratégicos que justifiquen ese trágico final. Ninguno.

La foto de Reuters ya ha pasado, por derecho propio, a ser la foto del año y a ser una de las grandes fotos para la historia de cuán grande puede llegar a ser la crueldad humana. La humanidad está en deuda con ese niño. Corresponde a los líderes mundiales saldarla en cierta manera provocando la paz en Siria y el fin de mortales éxodos. No obstante tampoco hay que olvidar que Siria no deja de ser una ladrillo más en el muro de los conflictos que el ser humano tiene levantados por el mundo y los cuales se repiten y se pierden en la noche de los tiempos. Quitemos ese ladrillo y seguidamente los demás. Nos merecemos un mundo mejor.

Cuando acabo este artículo me llega la noticia de que el niño se llamaba Aylan, tenía tres años y su hermano de cinco también pereció. No olvidemos por favor que ni Aylan ni su hermano pudieron un día jugar y crecer felices como debería ser obligación de cualquier niño o niña porque dejaron sus vidas en la búsqueda de un lugar tranquilo donde hacerlo.

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