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31 de Desembre de 2009

Los políticos se sorprenden y se quejan de la desafección de los ciudadanos hacia la política. Es decir, no se limitan a constatar esa indiferencia ciudadana hacia su actividad, sino que parece que no les gusta.

En realidad, que los políticos se sorprendan y se quejen de la desafección, es como si los ladrones se sorprendieran y se quejaran de que la policía los persiga y de que el código penal tipifique su actividad como un delito.

Los políticos, la política, las elecciones, todo este gran circo, se han convertido, de hecho, en una industria, en un negocio. Los profesionales de esta industria fabrican leyes y falsedades -viene a ser lo mismo-  y recogen unos beneficios. Muy cuantiosos, por lo demás.

Después de todo, lo que llamamos corrupción política es sólo un malentendido. Grande, gigantesco, si se quiere, pero un simple malentendido. La industria de la política, el negocio de los políticos, se basa en eso. Se basa en lo que llamamos corrupción.

A fin de cuentas, y si prescindimos del código penal para evaluar las cosas con criterios de ética, de decencia y de solidaridad, el hecho de que un político sea o no un corrupto es una simple cuestión de matices, de detalles. Lo que ocurre es que a veces, por cuestiones de reparto de mercado, interesa convertir a alguno -o algunos- en un corrupto oficial, es decir, en un delincuente.

La democracia, en realidad, es una de las mejores creaciones de esta industria. En el escenario de la democracia parlamentaria -como la nuestra, como la que tenemos-, la farsa llega casi a la perfección. Es el no va más del negocio de la política. El engaño elevado a teoría, casi a ideología.

En esta situación, es como cuando en el negocio bancario -uno de los ejes de la industria política- se acusa a un banquero de corrupto por practicar el método conocido como la pirámide. Como si la pirámide no fuera el fundamento real, básico y necesario de todo el negocio del crédito, de todo el negocio bancario.

La industria de la política, para ser rentable, necesita medios de comunicación potentes, propaganda, publicidad, para aparentar que la farsa no es farsa, para despojar a los ciudadanos de cualquier tipo de espíritu crítico, de cualquier capacidad de análisis, para evitar que puedan llegar a ser conscientes de este gran engaño.

También necesita sus banqueros, sus códigos, sus leyes, sus policías y sus militares. De esta forma, cuando alguien consigue, pese a todo, ser consciente de esta gran farsa, se le reprime con facilidad, con eficacia, con solvencia. Con profesionalidad, en una palabra.

Además, esas represión se aplica en nombre de la democracia, de la mayoría, de la soberanía popular o de los principios de la civilización occidental. Da igual. Se trata, en cualquier caso, de esos valores que son inamovibles para que la industria siga siendo rentable.

De esta forma, es también una cuestión de matiz que cualquier día a uno le acusen de haberse convertido en un enemigo de la democracia. O en un enemigo de la constitución. Llegados a este punto,  a partir de ahí, la víctima de esta acusación se convierte en un apestado. Así funciona esto. Democráticamente, por supuesto.

Cuando a los gestores de este gran negocio se les va la mano, cada vez hay más gente que empieza a percibir que aquí pasa algo. Que aquí hay algo que huele a podrido. Muy podrido. Que hay algo que no es realmente como nos dicen los políticos, los banqueros, los jueces, los códigos, las leyes, los periódicos, los policías...

Por decirlo de otra forma. Cuando a esta gente, a los que controlan y gestionan el negocio, se les va la mano, cada vez hay más súbditos que empiezan a pensar que, además de ser quienes pagan todo esto, quienes producen los beneficios, se les está tomando pelo.

Y a esta sensación, todavía leve, todavía difusa, todavía pasajera, de que a uno, además de explotarle y robarle, le toman por un imbécil, es a lo que se llama desafección. Entonces, nuestros políticos se sorprenden. En eso estamos. Justo en este punto.
 

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Comentaris afegits 
Ufrasico (Villena) 01-01-2010 - 15:44
Además de por el negocio que tienen montado los políticos con el dinero del personal, la desafección política se ha disparado porque quien osa defender a la Constitución es considerado como un apestoso por la casta política y sus voceros subvencionados
Jaume (Figueres) 01-01-2010 - 14:31
És molt raonable l´article. Afegeixo... no s´ha de RELATIVITZAR el concepte de corrupció, i s´ha de tenir ben clar on t´és la línia vermella que separa el que és legítim del que no, perquè aleshores és molt fàcil la manipulació interessada.
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