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24 de Setembre de 2008

Tras la crisis provocada por el estallido de la burbuja de las empresas creadas en torno a internet, hubo que reanimar la economía bajando los tipos de interés, es decir, abaratando el dinero. A partir de ahí, la maquinaria vuelve a ponerse en marcha. Los bancos dan muchos y cuantiosos créditos para que los ciudadanos compren casas. Y otras cosas. Da igual que los ciudadanos que firman esas hipotecas sean insolventes. Además, esos créditos superan el valor de las casas que les sirven de supuesta garantía.

De esa forma, los bancos, o cajas, que conceden las hipotecas, engordan sus balances con estos créditos, valorándolos como activos. En los balances aparecen grandes cifras y los altos ejecutivos de esos bancos cobran unas cantidades multimillonarias por haber alcanzado esos objetivos.

Mientras, los dueños de las grandes inmobiliarias, dado que los bancos responden, es decir, dan créditos sin la más mínima prudencia, inflan los precios de las casas para que los ciudadanos las compren endeudándose. Los dueños de las inmobiliarias obtienen así unos beneficios astronómicos.

Pero eso no basta. Se puede ganar más. Los créditos, aunque los bancos saben que nunca serán devueltos, se mezclan con otros títulos, con bonos y con otros valores, solventes o no, para ocultar su nula validez, y se lanzan al mercado financiero. Se utilizan como garantía para conseguir más dinero, mejores cuentas de resultados y más beneficios.

Antes de lanzarlos al mercado, los bancos y entidades que los ponen en circulación necesitan que las agencias de calificación de esos bonos, de esos productos, les otorguen la máxima valoración, es decir, que los valoren oficialmente como muy garantizados, muy seguros.

Como esas agencias cobran de los bancos y entidades financieras por hacer esas y otras calificaciones y operaciones financieras, lógicamente otorgan a esos productos -sabiendo que son insolventes- la valoración más alta, para que circulen sin problemas por el mercado.

Y circulan. En realidad, todos los altos ejecutivos sospechan que esos títulos no son solventes. Pero da igual, porque mientras sigan circulando por el mercado con la calificación de máxima solvencia, todos hacen un gran negocio, porque sirven para respaldar un endeudamiento multimillonario, a partir del cual se hacen grandes negocios. Nadie se va a quejar.

Las autoridades encargadas de vigilar el mercado hacen la vista gorda, porque también al Estado le interesa que se infle la realidad económica. Y porque, de hecho, esas autoridades, esos reguladores, esos vigilantes, han sido colocados en esos puestos por las entidades financieras, es decir, trabajan para ellas. En este negocio todos ganan. En realidad, no hay dinero en efectivo, sino que todo son bonos, títulos, deuda, en una palabra.

Llega entonces el momento en que los ciudadanos insolventes que habían recibido los créditos empiezan a no poder devolverlos. Además, en el mercado de la vivienda hay ya demasiadas viviendas y demasiado caras. La oferta de viviendas es demasiado cara y excesiva. Ya no se venden.

Como la economía estaba demasiado caliente, como circulaba demasiado dinero y subía la inflación, es decir, los precios se disparaban, hay que estabilizar la situación, hay que subir  el precio del dinero. Es decir, se suben los tipos de interés.

Con el dinero más caro, los créditos sin devolverse y el mercado de la vivienda paralizado, se vuelve la mirada hacia los títulos que servían de garantía a todo esto. Entonces se comprueba que esos títulos ya no valen nada, que no pueden respaldar nada, que no son garantía de nada. Por tanto, no se puede prestar dinero. Porque hay muy poco, y el poco que hay es muy caro.

Empieza a hundirse el negocio. Pero no importa. Los mismos que se han forrado con este fraude, con esta estafa, son los que controlan los aparatos del Estado. Entonces, desde el Estado, se coge el dinero de los contribuyentes y se tapan las enormes pérdidas producidas por el fraude.

O sea, los recursos destinados a la sanidad, a la educación, a la cobertura del paro, a gastos sociales, etc, se desvían y se dedican a solucionar el enorme agujero creado por los autores de este monumental fraude. Es decir, se dedican a impedir que los ricos puedan perder dinero.

Cuando todo esté saneado, cuando todo haya vuelto a la normalidad, el Estado será apartado del asunto, y el negocio se volverá a poner en marcha. Se diseñarán nuevos productos financieros que volverán a calentar la economía para que los de siempre logren nuevos beneficios multimillonarios. Y si la cosa volviera a fallar, no importa. Después de todo, está el dinero del contribuyente.

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Comentaris afegits 
Juan (Da Igual) 30-09-2008 - 13:20
Magnifico articulo. El enemigo es este el capital, y no la gente de otras regiones, naciones , etc. El nacionalismo es la excusa que usa este capital para mantenermos enfrentados
Alfons Ferran (Solsona) 29-09-2008 - 08:36
Interessant reflexió
Pep (Badalona) 28-09-2008 - 22:05
"Oposat", A., "oposat". Però, totalment d'acord amb el que dius.
A. (Barcelona) 28-09-2008 - 05:36
El millor de tot, és que a tot això li diuem lliberalisme. Si un apren alguna cosa de lliberalisme veurà que no és res d'això. Això només són lladres que s'ajunten amb els Governs (altres lladres) per robar a la societat. L'opost del lliberalisme
Xavi (Bcn) 27-09-2008 - 19:24
Gran article!
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